miércoles, 21 de octubre de 2009

EL HOSPITAL RAWSON DE BUENOS AIRES


En el año 1955, al fallecer mi padre, ya comenté que entré a trabajar en el sanatorio de la Obra Social, y toda su historia hasta abril de 2000.-Pero sucede que al cursar el tercer año, ya queríamos entrar a hacer guardia en algún nosocomio.- Con un compañero, fuimos al hospital Vélez Sársfield pero había que esperar mucho, porque las guardias estaban completas.- Lo mismo sucedía con otros lugares, hasta que un día otro compañero me habló urgente, y me dijo que existía la posibilidad de entrar nada menos que en el Hospital Rawson de Buenos Aires.-

Fue a mediados de diciembre del 55, que llegamos mi amigo Tito Livio Tassini y yo, a la guardia y pedimos hablar con el Dr. Souto, luego de lo cual nos dejaron con el encargado de la Asociación de Practicantes.- Una vez que fuimos aceptados, nos dijeron que comenzábamos la semana siguiente, como integrantes de la guardia de los sábados.-

El único inconveniente surgió cuando nos hizo la ficha y anotó los apellidos Tagle y Tassini, y al preguntarnos los nombres de pila, y decirle que yo era Julio César y el otro Tito Livio, se enojó porque creyó que lo estábamos cargando, y le tuvimos que mostrar las cédulas de identidad…

El sábado siguiente, al presentarnos, conocimos a nuestros nuevos compañeros: el practicante mayor, Dr. Calvo; los dos pr. Menores, Pigni Garsón y Beraldi.-Luego los tres Externos y los 6 “perros”, entre los que estaban Pochat, Mamanna, Horacio Marino y el alemán Günter Risse, el negro Jorge Abaít, y su primo, Cacho Abait, que con nosotros dos sumaban 14.-

En principio nos mandaron a atender el Consultorio de Curaciones, que estaba a la entrada del hospital, nos dejaron con una enfermera, y sin más, comenzaron a desfilar los pobres pacientes, que formaban una cola interminable en la calle Alcorta.- Todos tenían vendajes en diferentes partes de su cuerpo.- Nosotros mirábamos aterrorizados, y la enfermera nos señalaba el diferente contenido del carrito de curaciones. Ella les desvendaba un dedo, y luego nos daba el agua oxigenada, ó el alcohol, simple ó yodado, ó la tintura de merthiolate, con un hisopo, y nos dejaba solos cuando teníamos que vendarlos. El lío se armaba cuando venía uno con una cura plana en un ojo, ó por ejemplo, con toda la cabeza vendada tipo capelina. Entonces, poníamos cara de médicos, nos asomábamos afuera y gritábamos bien fuerte ¡a ver, una enfermera enseguida a curaciones!, y nadie nos daba pelota, y los pobres desgraciados gritaban porque tardábamos mucho, se les hacía tarde, y querían saber cuándo y quién les iba a dar el alta, porque se habían hecho una lastimadura insignificante hacía más de un mes, y seguían viniendo a curaciones cada 48 horas!. Lo que sucedía era que fuera el día que fuera, siempre eran atendidos por el más inútil e ignorante practicante de esa guardia…algunos no aguantaban más y puteaban implorando, ¡llamen a alguien que sepa algo, carajo!

Evidentemente, uno se iba fogueando en el difícil “oficio” de tratar de inspirar respeto.- Si estas cosas sucedieran en el 2000 ó algo más, donde todos creen tener solamente derechos, y te gritan en todos lados que ellos te pagan el sueldo, seguro que nos hubieran asesinado a todos hace muchísimos años…Por eso, todavía me da vergüenza recordar las miradas resignadas de la gente que era atendida de lo peor, y parecía que esa atención era un regalo de Navidad.- Y todavía nos traían algún presente, al darse cuenta que no éramos culpables, al no poder cambiar esas situaciones!

Una mañana, el Mayor nos ordenó que subiéramos, Tito y yo, a la sala de yesos de la guardia porque nos necesitaban.- Nos sentimos importantes, y al entrar a la misma, vimos que estaba casi todo el plantel, y entonces nos hicieron desnudar completamente, y con yeso nos hicieron botas, una especie de pollerita que usaban los romanos, un casco que era una artesanía, y un escudo de cartón todo forrado con yeso, y en la otra mano nos pusieron un palo muy largo (que se usaban con los plumeros), fijado con vendas enyesadas a los dedos, de manera que todo estaba muy fijo.-La pollerita tenía prolongaciones que pasaban entre las piernas, y nos mantenían en posición de pie con las piernas separadas. A las doce menos cuarto, nos llevaron a la entrada del hospital en sendos carros metálicos que se usaban para llevar los tarros de leche, y esperaron que dieran las 12.- El Rawson era un lugar al que iban cientos de visitas, que entraban en estampida cuando el portero abría las puertas al mediodía. Dijeron que iba a salir una ambulancia e hicieron correr al público para despejar la salida, y en ese momento, al abrirse las dos hojas, nos empujaron violentamente los carros hacia la calle.- Tito Livio tuvo la suerte que sus ruedas se trabaran con los adoquines del piso, y quedó detenido a 1 metro de la puerta.- Yo no tropecé con nada, y salí disparado hacia la bocacalle de la avenida Amancio Alcorta y Vieytes, entre las carcajadas de la gente y los bocinazos de los colectivos, automóviles y algún ómnibus.- Estuve así más de 20 minutos, sonriéndome estúpidamente para hacerme el canchero, y demostrar que estaba contento, y eso me valió que por soberbio me arrojaran entre cuatro, disfrazado de gladiador, dentro de la Fuente que había en la plaza de enfrente, llena de algas y otras miasmas putrefactas.-

Luego me llevaron a la guardia, donde me fueron quitando el yeso no con poco trabajo, y todos me aplaudieron por la hidalguía demostrada. Esta anécdota no hizo más que profundizar, de entrada, el humor, el compañerismo, y el espíritu de cuerpo que permite digerir las cosas desagradables verdaderamente, y los tragos amargos que hay que pasar a diario, a sabiendas que ha sido “adoptado” por esa comunidad tan particular…

Al poco tiempo, mientras íbamos aprendiendo ordenadamente todas y cada una de las tareas de la guardia, y ayudábamos a atender las emergencias dentro del hospital, me permitieron acompañar al médico de auxilios, el Dr. Sor, en sus salidas con la ambulancia.- Como era la primera vez, fue una experiencia inolvidable. Primero, asistimos a un domicilio donde el Dr. Sor resolvió una patología banal, algo así como un estado gripal, pero a mí me divirtió mucho.- Cuando estábamos regresando al hospital, con ganas de tomar café, por el equipo de radio nos pasaron una urgencia en la calle California, y desde la Central de la Asistencia Pública (en la calle Esmeralda), nos comunicaron que se trataba de un hombre “tirado en la vía pública”. Era de noche, y llegamos muy velozmente.- En la Capital se utilizaba mucho la tracción a sangre, y era muy común que las calles estuvieran sucias con estiércol de caballo. Al bajar de la ambulancia, vimos al hombre acostado sobre los adoquines, era morocho y tendría unos 40 años.- Había un gran charco de sangre, y presentaba una enorme herida abdominal, con exposición de vísceras.- Estaba muerto, pero aún caliente. A pocos metros vimos un bar, con algunos parroquianos conversando, y al interrogarlos nos contestaron que no sabían nada… A nosotros nos quedó la sensación de que posiblemente lo habían herido allí, y luego lo habían arrojado a la calle, dejando que se desangrara.- Casi al mismo tiempo llegó la policía, que terminó el procedimiento.- Esa noche no pude pegar un ojo, pensando en ese pobre infeliz, que se murió en medio de su sangre y la bosta…

Y así seguía mi actividad en la guardia, atendiendo muchos ebrios, asmáticos, politraumatizados por accidentes de tránsito, heridos durante peleas en los boliches de Constitución, que a veces llevaba varias horas la reparación de sus heridas, pero cada vez se ponía más interesante la tarea, a medida que se iba adquiriendo más experiencia…

Por la noche, seguía acompañando al Dr. Sor en los auxilios, y me encantaba recorrer esas calles, mientras él me daba miles de consejos, y trataba de explicarme todo lo que yo ignoraba. Una noche, recuerdo, nos llamaron de Central a otra urgencia, en la calle Iriarte, en un clásico conventillo. El asunto era en un altillo con escalera de caracol, en que se había producido un incendio por un calentador “Primus”, según referencia de los bomberos. Al subir la endeble escalera y llegar a los restos de ese altillo, encontramos un hombre viejo, casi totalmente quemado, estaba vivo, y como no pasaba nuestra camilla, lo bajamos en brazos, mientras se nos adherían trozos, lonjas de sus tegumentos, en las manos ropas, y ese terrorífico olor de carne quemada. El pobre viejito, se había quedado solo porque su hijo trabajaba, y el calentador había completado el desastre… A pesar de todo, lo trasladamos hasta el Instituto del Quemado, sito en la calle Viamonte y Uriburu, y llegó vivo, y me tomé a golpes con un mal nacido médico de guardia, al que, al pedirle que lo asistiera rápidamente, me dijo casi despectivamente que “no tenían ni una cama”.- Luego de los golpes que le propiné, junto con el chofer del Rawson, entramos con el paciente alzado y lo depositamos en la primera camilla que encontramos. Aquel cobarde había desaparecido, pero en su lugar vinieron otros integrantes de ese servicio, que en forma inmediata atendieron al anciano, que finalmente fallecería al día siguiente…Por supuesto, aquélla noche tampoco pude dormir, a pesar que el Dr. Sor, me prometía que “ya te vas a acostumbrar, Tagle”, aunque a estas aberraciones insólitas, no hay médico que se acostumbre!

En otra oportunidad, le pedí al chofer, el “loco Santín”, que se detuviera un minuto en aquél puente de la calle Ituzangó, que me llenaba de intriga, porque estaba sobre las vías del Ferrocarril Sud, actual Roca, y me extasiaba el humo de las locomotoras que se alejaban… El loco, que era un filósofo barato, me hacía el gusto, y me decía: ¡doctorcito, en esos trenes se deben alejar cada historias!, y me guiñaba un ojo, me daba una palmada en el muslo, y seguíamos para el hospital…

La tarea en el hospital continuaba sin pausa, era una vorágine casi permanente, y con mucha actividad quirúrgica.- No hay que olvidar que allí funcionaba, con todo, la inmortal Escuela Quirúrgica para graduados, que dirigían nada menos que los hermanos Enrique y Ricardo Finocchieto, que fueron los formadores de cientos de cirujanos famosísimos, argentinos y de todos los países limítrofes y no limítrofes.-La fama de estos brillantes médicos, no conoció fronteras, ya que también eran creadores de nuevo instrumental quirúrgico, así como de diferentes vías de abordaje en distintas situaciones, que eran rápidamente adoptadas por los más importantes centros científicos de todo el mundo. En ese ambiente sucedía todo, y también algunas cosas a veces graciosas.- Por ejemplo, don Enrique tenía la costumbre de operar, rodeado de médicos que observaban al Maestro, quien solía hacer, repentinamente, alguna pregunta dirigida a uno de ellos. Un cirujano muy amigo mío, que integraba el Staff, de apellido Gigante, fue sorprendido por una de esas preguntas: sucedió que el Maestro, lo miró fijamente, y señalando un elemento anatómico del campo quirúrgico de ese paciente, le preguntó: Dr. Gigante, díganos en voz alta, qué arteria es ésta?. Y Gigante, muy serio, le contestó, ¡La arteria de Finocchieto, doctor! El profesor le dirigió una mirada criminal, y le dijo ¡de dónde ha sacado eso!. A lo que Gigante le dijo: desde acá no se distingue bien Doctor, pero yo qué sé, si la mesa de operaciones es la mesa de Finocchieto, los separadores son los separadores de Finocchieto, y hasta el taburete es el de Finocchieto, esa arteria yo no veo cuál es, ¡pero supongo que con grandes posibilidades, puede ser la arteria de Finocchieto!

Entonces el Maestro, ante la sorpresa de los presentes, felicitó a mi amigo Gigante, y lo invitó a que llegara más temprano, así podía estar más cerca, mientras festejaba ruidosamente la ocurrencia…

En la guardia, todos teníamos que ayudar en las operaciones, y también hacer las anestesias más simples, con el antiguo aparato de Ombredanne, que seguramente muchos médicos más jóvenes no conocieron, ya que entonces, ya se usaban para cosas mayores los aparatos de “circuito cerrado”. A mí me gustaba la anestesiología, por lo que tenía en mi ropero, numerosos frascos de Éter, Cloruro de Etilo, Cloroformo, así como cajitas con ampollas de Flaxedil (curare, poderoso relajante muscular) y de sulfato de Atropina, que era su antídoto.-

En aquella época, década de los ’50, se había intensificado en Buenos Aires, el operativo policial correspondiente a la Ley de Profilaxis, y se reprimía el ejercicio de la prostitución y de la “Trata de Blancas”.- Por lo tanto, las patrullas policiales, a veces con automóviles no identificables, sorprendían a las prostitutas en pleno desarrollo de convenir las citas y los precios con sus eventuales clientes, en la calle, siendo detenidas y trasladadas a determinadas seccionales, donde las concentraban hasta llevarlas, al día siguiente, al Departamento Central de Policía, a los efectos legales de identificarlas, ficharlas por contravención a esa Ley, etcétera.- En la zona de Plaza Constitución, la comisaría 16 era una de las que concentraba a esas mujeres, en una especie de habitáculo prefabricado ubicado al fondo del patio de la misma.- Durante ese lapso, podía suceder que alguna estuviera enferma, realmente ó por simulación, y pidiera a gritos un médico. Si las circunstancias lo justificaban, se las podía trasladar al hospital, con la consabida custodia policial.- Una noche, me tocó a mí ir a la 16, y el Oficial Principal me hizo acompañar al fondo, donde un sargento custodiaba el referido habitáculo. Me abrieron el candado y me invitaron a pasar. En el lugar había cerca de 40 mujeres, en condiciones muy particulares, de pie, ya que no tenían asiento alguno, con el típico olor de la falta de higiene, y en medio de un griterío espantoso, me señalaron a la que había motivado la llamada: se trataba de una mujer de unos 40 años, sentada en el suelo, que me dijo que estaba “con pérdidas” desde hacía varios días, a pesar de lo cual seguía “trabajando” para que ella y su hijito pudieran alimentarse. Yo le dije que no se preocupara, que me la llevaría al hospital. Cuando las demás vieron lo que estoy narrando, otra se echó a llorar y me dijo que desde la noche anterior estaba con vómitos, y se sentía muy mal. Otra me imploró que la hiciera salir de allí, que no sufría de nada, pero tenía un nene de pocos meses, y la colega que se lo cuidaba quizás lo había dejado solo para salir a “trabajar”, y así sucesivamente…hasta que les tomé los datos a varias de ellas, salí inmediatamente al patio, y me dirigí a la oficina del Principal. Le dije que había 5 mujeres que debía trasladar en observación al Rawson, le entregué la lista, y las hicieron subir a la ambulancia.- Me dijo que en cuanto llegara el patrullero de la recorrida, me iban a mandar la respectiva custodia a la guardia.- Me despedí y partimos raudamente.- Al llegar a la esquina de las calles Salta y Caseros, hice detener el vehículo, y les dije que no éramos policías, y que las puertas de atrás estaban sin llave, ante lo que se “tiraron” de la ambulancia, y se alejaron de allí rápidamente, gritando ¡que Dios los bendiga!
En el hospital, le expliqué al médico interno lo sucedido, y entonces llegó el patrullero y el Jefe les informó lo relatado, y ellos escribieron a máquina la novedad, que caratularon“Fuga de 5 detenidas, cuando eran trasladadas al hospital”.- Luego firmamos todos y así “Santas Pascuas”… Esto se repitió algunas otras veces…

Las vivencias en el querido Hospital Rawson, con aquéllos jefes y amigos con los que compartí lo mejor y lo peor, fueron interminables, entre 1955 y 1958.- Y todo estaba condimentado con aquél escenario inigualable, de los adoquinados tan desparejos y tan bellos, y aquélla gente pobre, tan auténtica, tan agradecida y noble, mezclada con esa miseria digna que ostentaban las pobres prostitutas, los chicos de la calle, que ya estaban presentes en Constitución, y la miseria de los “chorros”, los malandrines que no habían aprendido otra cosa, y el gracioso hablar lunfardesco, que expresaba con esa terminología todas las ideas que producía su particular intelecto…

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Las vivencias de toda esa época, me inspiraron para garabatear algunos poemas que tratan de describirlas, utilizando su mismo verbo, tan simple.

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La Guardia del Rawson- Julio César Tagle- 20 de Diciembre de 1988-

Se escuchaba un sirenazo por la yeca,
De paredones grises, allá en Constitución,
Y paraba de golpe, en algún feca,
Por alguna “boleta” de ocasión –

Siempre era sábado bien de madrugada,
Que acusaba “amasijo” algún “piolín”,
Ó algún berretín “fule” en la busarda,
Ó algún “yeite” escabroso en un bulín.

También la “repartija” en un “chelibo”
Ocasionaba la llamada “posta”
Para llevar los restos de algún “vivo”
Que enfriaba el “carmín” sobre la bosta-

A veces un “comboy”, Vuelta de Rocha,
Con un geronte boqueando, muy quemado
Porque de frío, el “dolobu” y viejo “boncha”,
Con el “Primus” se había calentado…

A veces, era enfrente de la plaza
Allá en la “taquería” 16
Donde “guardaban” las de “bandera baja”
Y me llevaba “pupilas” cinco ó seis.

Las pobres “corraleras” simulaban,
Ataques, yo qué sé, de cualquier cosa,
Y a las 3 cuadras paraba la ambulancia
Y se “sarpaban” de la poderosa.

Barrio del Rawson, de piedras desparejas,
Perfumes del “loquero”, vecino del Muñiz,
Puentes con humo de trenes que se alejan,
Olores de curtiembres, de aquella edad Feliz!

Dicen que te cerraron porque estabas muy viejo
Los que nunca supieron de tu Ciencia sin fin,
Igual te reverencian cien barrios, donde hay “gratas”
Porque fuíste Academia Porteña, y cafetín!

JOTACET-21- OCTUBRE-09-

6 comentarios:

  1. Es un honor para mi estrenar tu historia amigo, siempre, leyéndote, siento que me traslado al lugar en donde se desarrolla.
    Gracias por escribir como lo haces.
    Saludos.

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  2. Doctor querido,te he leído con mucha atención y no puedo dejar de tener un mix de sentimientos con tu relato, me he reído con la enyesada y tu estoica actitud, pero me ha dado mucha tristeza la dócil actitud de la gente pobre de ese tiempo, la salud siempre ha sido una falencia de los gobiernos de nuestros países y al parecer en esos tiempos lo mismo y peor. En fin doc, que de experiencias tienes a tu haber y que afortunados los que tenemos el privilegio de participar aunque sea leyendo de esa época donde te formabas como médico y gran hombre.
    Mi cariño siempre cerca
    Cecy

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  3. -MAREA QUERIDA: GRACIAS POR VISITARME Y POR TU COMENTARIO-SON RECUERDOS DE JUVENTUD QUE REFLEJAN NUESTRA IDIOSINCRACIA. TE MANDO BESOS.
    JOTACET

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  4. -QUERIDA CECY: TU PRESENCIA ES RECONFORTANTE, Y MÁS LO ES EL CONTENIDO DE TU COMENTARIO-EN ESA EDAD FELIZ,SE MEZCLABA EL MISTERIO DE LOS TRENES QUE SE ALEJABAN HACIA EL SUR, CON EL AMOR INCONDICIONAL DE LA GENTE HUMILDE, EL REPENTINO STRESS DE CUALQUIER ORIGEN, NUESTRAS BELLAS MUJERES, NUESTRAS AUTORIDADES TERRIBLES, EL DIPLOMA FINAL...Y EL COMIENZO DEL CAMINO REAL EN LA CALLE, TRATANDO DE PALIAR
    SUFRIMIENTOS AJENOS...Y PROPIOS,TODO UN MIX CON EL AMOR, LOS HIJOS, LOS AMIGOS...¡LA VIDA!
    NO IMAGINAS LO QUE VALEN ESAS PALABRAS TUYAS.
    -ME ANOTO CON UN BESO GIGANTE, NENA-
    JOTACET TU AMIGO IRROMPIBLE

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  5. -QUERIDO AMIGO, SI UNO VIVE DEMASIADO Y MIRA Y VE TODO LO CIRCUNDANTE...SE LLENA DE HISTORIAS - TE AGRADEZCO MUCHO TU VISITA Y TE MANDO UN ABRAZO DESDE AQUÍ-
    JOTACET

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